
Descubrí que alguna vez fui Verónica, una chica con la que comparto experiencias y preferencias, la chica que siempre aparece cuando estoy frente al lápiz y al papel, ella ha vivido situaciones oníricas y realizado aquellas cosas que para mí son impensables.
Ella es la de las grandiosas frases, nace de nuevo, descubre nuevos significados y confiesa siempre que como Augusto Roa prefiere escribir para que el miedo de la muerte no se agregue al miedo de la vida, ella escribe y vuela con su poesía, lo hace como si estuviera amarrada con grilletes al escritorio y tuviera preso a Cortázar, así deja lentamente caer sus lágrimas y recita las odas de su alma, convertidas en palabras, se desencadena y poco a poco como se aprende a salir de la tierra para llegar al cielo con una piedra en una rayuela, en páginas, ella deja sus historias, saltando y viviendo entre sueños , encontrándose en un mundo , para unos cuantos y muchas veces innombrable, aquel mundo que se refugia en pocos libros y en la mente de los locos.
Con esta chica que anda en su mundo nos mantenemos un poco alejadas simplemente yo vivo y me dejo vivir con ella, aunque claro no falta las veces de su presencia en mí. Así es a ella a quien le ocurren las cosas y puedo andar libremente, descubriendo que para encontrarla solo necesito un lápiz, pedazo de papel y una musa que curiosamente vuelve a ser ella.
Aunque sueñe siempre en permanecer en la memoria de los demás por un instante se me ocurre que puedo sobrevivir en la de ella, y con el tiempo creo que le estoy cediendo paso a ella aunque esto magnifique mi locura, su locura; y como entendió Spinoza que las cosas quiere perseverar en su ser, creo que yo he de quedar en ella, marcando su memoria.
Y así todo lo que olvido, lo pierdo, o simplemente le pertenece a ella, magnificando su presencia y situaciones fantásticas en mí, camina como si el mundo fuera una gran rayuela a sus pies, y con el tiempo aprendió a salir de la tierra y llegar con la piedrita al cielo, lo malo como lo dice Cortázar es que justamente a esa altura, cuando nadie aprende a remontar la piedrecita hasta el cielo, se acaba la infancia, se caen las novelas, en la angustia al cohete y en la mira de otro cielo que también debe aprenderse como llegar, y se olvida que para entrar al cielo solo se necesita, una piedrecita y la punta de un zapato.
Aunque trate de liberarme, ella está presente con fantasías y juegos, así no se cual terminó por escribir aquí.
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